Organizarse y luchar también es trabajar

Por
organizarse y luchar

Trabajar es producir bienes o servicios que otras personas necesitan o no, pero bienes o servicios que quieren y pueden disfrutar. Trabajar es lo que nos permite desarrollar algunas de nuestras capacidades personales, pero fundamentalmente nuestras relaciones con personas con las que debemos colaborar para poder realizar la tarea encomendada. Trabajar es también llevar a cabo una parte de un proceso productivo que otras personas dirigen, aun cuando muchas veces no llegamos a comprender del todo bien cuál es nuestra contribución y cómo se integra nuestro pequeño aporte para dar lugar al producto final. Trabajar es, a su vez, lo que nos permite tener un lugar en el circuito de producción de riqueza y, de ese modo, participar legítimamente del consumo de bienes y servicios. Por eso solemos decir, escuchar y repetir que todo trabajo es digno. Este carácter dignificante del trabajo se transfiere a su vez a la persona que trabaja y, por oposición, se niega a aquel que no lo hace.

Esta caracterización moralmente positiva del trabajo fue construida y difundida desde el siglo XIX a través de la cooperación entre el Estado y las empresas, sobre la base de un pacto mutuamente conveniente: el sostenimiento del pleno empleo como política central ―aunque fuera de promesa―, en términos de horizonte por alcanzar. Y ¿por qué? Bueno, porque las sociedades salariales fueron constituidas en el marco de un ideal de desarrollo económico basado en la promoción del capitalismo industrial, pero también en un capitalismo industrial orientado al mercado interno. Para poder vender los crecientes volúmenes de productos que las empresas producían, era necesario que hubiera un número también creciente de trabajadores que tuvieran dinero para comprarlas. Y eso es justamente lo que hoy ya no ocurre. La globalización ha llevado a que las grandes empresas capitalistas no estén ya ni siquiera sujetas a los territorios y como los mercados son mundiales, no interesa garantizar que los propios trabajadores adquieran los bienes y servicios que producen. Por eso, hoy las empresas se han desentendido del pleno empleo y promueven la flexibilidad laboral y el desempleo, lo cual les permite mantener bajos los salarios para poder ser competitivas en el mercado internacional.

La respuesta frente a este cambio de panorama por parte del Estado ―y buena parte de los discursos académicos, hay que reconocer― ha sido intentar deslindar las responsabilidades sociales por esta situación y reforzar la mirada sobre aquello que no saben, no pueden o no tienen las personas que no pueden acceder a un empleo. Ese enfoque de la cuestión ha dado lugar al concepto de (in)empleabilidad, que describe aquellos factores personales que hacen que un trabajador determinado pueda ser (o no) contratado. Esos factores involucran desde su condición de género hasta su edad, desde su nivel de estudios hasta su aspecto físico, desde el barrio en que se crio hasta la cantidad de idiomas que puede hablar. Estudiar pormenorizadamente estos aspectos permite establecer su déficit de capital social o humano y así establecer cuál es el aspecto de su personalidad o la historia que lo ha llevado a la situación de pobreza en la que se encuentra. El problema con este enfoque no es solo que carga sobre el desocupado la responsabilidad por la situación que padece, sino que, además, parte de una premisa falsa, porque no es cierto que si todas las personas fueran varones heterosexuales, universitarios, sin hijos a cargo, políglotas y con muchos amigos influyentes, desaparecía el desempleo. Porque como fue dicho, el desempleo no es un problema de falta de empleabilidad, sino de que ha caído la demanda de trabajadores empleados a tiempo completo y con contratos de duración indeterminada.

Organizarse y trabajar

Trabajando para organizarse: discusión en grupos para formular el reglamento de una planta social de clasificación de residuos en Buenos Aires, Argentina. Fuente: autora.

Sin embargo, como hemos aprendido que necesitamos trabajar, no solo para tener dinero, sino para encontrar nuestro lugar digno en la sociedad, llegamos a la situación en que personas que se ven privadas del acceso al trabajo, sobre todo al trabajo registrado y con derechos, no solo padecen porque no tienen el dinero para solventar sus necesidades y las de sus familias ―por estar privadas de desarrollar sus capacidades y establecer vínculos con otras personas―, sino porque además se sienten indignas. En el artículo “Organizarse, trabajar y luchar: políticas sociales focalizadas y la construcción de capacidades colectivas en una organización territorial de Buenos Aires” de la revista Memorias, se muestra cómo, frente a este panorama, se constituyeron en Argentina ―así como en otros países― grupos que resisten a los discursos que los colocan en posición de inempleabilidad, luchando y organizándose para dar forma a emprendimientos autogestionados que les han permitido sumarse al proceso de producción y reproducción de la riqueza, desarrollando capacidades personales y vínculos con vecinos, funcionarios y empresas. De este modo, convirtieron la organización y la lucha en otro modo de trabajo, porque es su modo de vivir dignamente. Al hacerlo, muestran también que, a pesar de su perversidad y eficacia, el discurso de la empleabilidad parte de otra premisa falsa, amén de la mencionada, y es que aún hoy las empresas necesitan mucho más del trabajo de las personas de lo que las personas necesitan de las empresas, cuando se trata de afirmar su derecho a vivir, organizarse y luchar por un lugar de dignidad bajo el sol.

Organizarse y luchar también es trabajar

 

Cecilia Cross

Cecilia Cross es Doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina, secretaria de Investigación de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo y profesora asociada regular de la Universidad Nacional Arturo Jauretche.

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