¿Las humanidades son o deben ser útiles para la democracia?

Por
Humanidades y Democracia

Cuando pensamos en razones para justificar la existencia de los departamentos de Humanidades en las universidades, una de ellas ha sido que estas son fundamentales para mantener la democracia. Esta razón, sin embargo, podría limitar el estudio de las humanidades a su utilidad práctica, lo cual dejaría por fuera el estudio de algunas áreas cuya utilidad política o económica no es tan evidente. Este es uno de los asuntos que abordo en mi artículo “Lo relativo y lo universal en la defensa de las humanidades para la democracia“, publicado por la revista Literatura: teoría, historia, crítica de la Universidad Nacional de Colombia. En ese texto me aproximo a este argumento usado para defender el estudio de las humanidades, según el cual estas son necesarias para la democracia. Una de las principales exponentes de este argumento es la filósofa y crítica literaria Martha Nussbaum, quien, en su libro Sin fines de lucro: por qué la democracia necesita las humanidades que ella denominó un “manifiesto”, defendió el estudio de las humanidades —especialmente en la educación secundaria— como algo necesario para que haya una verdadera democracia. Este argumento, sin embargo, conlleva problemas y preguntas sobre la autonomía de las disciplinas humanísticas, así como sobre los presupuestos sobre los que se basa esta idea y en los que no se pone en duda ni que la democracia sea el mejor sistema de gobierno posible, ni que haya algo llamado humanidad que todos compartiríamos en medio de las diferencias culturales.

Para Nussbaum, hay ciertas características que todos los seres humanos compartimos. Una de las más importantes es la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Son precisamente las humanidades —la literatura en este caso— las que nos permiten educar esta capacidad. Aunque podamos criticar el hecho de que Nussbaum no ponga en duda que la democracia es el mejor gobierno, ni que ataque el capitalismo, o que considere que todos los seres humanos compartimos ciertas características, también hay que reconocer el hecho de que ella es capaz de creer en algo, y defiende la existencia de ciertas verdades universales que no son negociables. La idea de que la democracia necesita de las humanidades reconoce las diferencias culturales, pero no finge un relativismo cultural extremo en el que se aceptaría cualquier cosa —cualquier tiranía o crimen— en nombre del respeto cultural. La idea de democracia, además, va más allá del simple hecho de que los ciudadanos ejerzan su derecho al voto y, de esta forma, se gobiernen a sí mismos.

Para Nussbaum, la democracia está vinculada al pensamiento crítico y a la capacidad de ver a los otros no como cifras —en el mejor de los casos— o como medios para alcanzar fines económicos —en el peor—, sino como seres complejos que no podemos objetivar ni aprehender a través ni del conocimiento —no podemos fijar identidades homogéneas— ni de la explotación económica. Además de ampliar el concepto de democracia (o de ir a sus características fundamentales), el planteamiento de Nussbaum nos hace ampliar un poco el conjunto de disciplinas que entendemos como humanidades. A partir de su argumento, podemos ver que las humanidades no están conformadas por los estudios filosóficos, filológicos o literarios, sino que incluyen todas las ciencias sociales: la Economía, la Historia, la Geografía, la Ciencia política, la Antropología y todas las áreas que nos permiten reflexionar sobre nosotros mismos y los demás.

Una de las críticas hechas al argumento de que la democracia necesita de las humanidades es que parece que se le negara a las humanidades la posibilidad de tener un valor en sí mismas, más allá de su función política. Es como si el argumento ya no fuera que la democracia nos necesita, sino que nosotros necesitamos de la democracia para justificar nuestra existencia. Las humanidades —queremos decir algunos de los que las defendemos— no son un mero ornamento de las universidades, ni son algo bello y extraño, sin ninguna importancia. Tampoco quisiéramos decir que su única razón de ser es la de servir a la democracia, sino que, por el contrario, quisiéramos abogar por su autonomía. La búsqueda de una autonomía absoluta, sin embargo, es quizá una búsqueda absurda si recordamos que las humanidades —incluso aquellas que nos hablan de mundos inexistentes o que hacen juegos lingüísticos cuyo significado apenas comprendemos— tienen que ver siempre, de alguna forma, con la vida. Y las humanidades, como sugiere Edward Said en su libro Humanismo y crítica democrática, deben regresar a la filología, entendida esta no como una ciencia extraña dedicada al desciframiento de textos antiguos incomprensibles, sino como un ejercicio crítico de develar lo que está por debajo de las ideas preconcebidas, de revelarnos el mundo con otros ojos, de mostrarnos aquello que no podemos ver, aunque esté frente a nosotros.

Más que obligar a los humanistas a salir al mundo para hablar de cosas “útiles” o “reales”, sería preciso recordar ese origen de las humanidades como estudio crítico y autocrítico. Para Nussbaum, la democracia depende precisamente de la capacidad de argumentar; capacidad que, si bien es un ejercicio intelectual, requiere también de la empatía que nos permite ponernos en el lugar del otro para entender las razones de sus ideas. A esta capacidad argumentativa, que Nussbaum entiende a través de la tradición socrática, se une la capacidad para la autocrítica de la que habla Said. La democracia, entonces, ya no sería simplemente el debate de argumentos fijos, sino la reflexión constante sobre esos argumentos susceptibles de transformación.  Ese estudio no sólo contribuye a la definición de las humanidades, sino de la universidad misma como educadora de personas que no sólo poseen conocimientos concretos, sino que saben pensar, en el sentido de que saben reflexionar y cuestionarse sobre lo que saben o creen saber, así como sobre la historia del conocimiento que poseen y sobre sus implicaciones para la vida.

Liliana Galindo Orrego

Literata de la Universidad de los Andes y Magíster en Literatura de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente es doctoranda en el departamento de German and Romance Languages and Literatures de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Estados Unidos. Uno de sus campos investigativos es la literatura latinoamericana del siglo XX.  

Comentarios