Las humanidades en la universidad

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Humanidades en la Universidad

Si bien no existe una única clasificación de qué disciplinas constituyen lo que hoy en día conocemos como las “humanidades”, en general podría afirmarse que se trata de disciplinas reflexivas que proponen una interpretación del mundo y del ser humano a la vez que se preguntan sobre su propio acto de interpretación, como dice Edward Said en Humanismo y crítica democrática.

Las humanidades tienen como antecedente el trivium —término que designaba el estudio de la lógica, la retórica y la gramática— y junto con el quadrivium —que comprendía la aritmética, la geometría, la astronomía y la música— eran el eje de la universidad medieval. Sin embargo, fue gracias al humanismo del Renacimiento y dentro de la universidad renacentista que surgieron las disciplinas humanísticas, tales como la literatura, la filosofía, la historia y la historia del arte, caracterizadas por su enfoque secular. Estas disciplinas ocuparon también un lugar fundamental en la universidad moderna ilustrada.

Podría decirse que solo en épocas más recientes el lugar de las humanidades en la universidad se ha convertido en motivo de debate. Según Walter Mignolo, en “El rol de las humanidades en la universidad corporativa”, la llamada “universidad corporativa”, cuyo surgimiento él sitúa después de la Segunda Guerra Mundial —regida por leyes de mercado y con una tendencia a verse a sí misma como proveedora de servicios a estudiantes entendidos como “clientes”— ha llevado a cuestionar el papel de la formación humanística. Para este autor, así como para muchos otros, este cuestionamiento se debe a una comprensión empobrecida del papel de la universidad en el mundo actual, incluso, a un abandono de los ideales de las universidades en otras épocas. En mi artículo “La enseñanza e investigación en humanidades: más allá de una propuesta modesta” discuto de qué manera este modelo de universidad, a través de los criterios que utiliza para evaluar tanto la investigación como la docencia, descuida con frecuencia el valor y la función de la formación humanística en la educación superior.

La visión cada vez más generalizada de la universidad como un lugar donde se entrena a un individuo para competir en el mundo laboral y desempeñar una profesión u oficio lleva al descuido de nociones más ambiciosas de educación y formación, las cuales veían como la tarea de la educación superior la formación de individuos autónomos y completos, con herramientas de análisis y sensibilidades aplicables a cualquier aspecto de sus vidas como personas y miembros de un cuerpo social.

Dentro de ese marco contemporáneo, a partir de los años cincuenta del siglo XX, se desarrollan nociones como las de “evaluación educativa” y “objetivos de aprendizaje” con el fin de identificar, medir y evaluar qué se logra mediante un proceso educativo. Si bien resulta sensato querer entender de qué forma aprenden los estudiantes, la formulación y medición de objetivos de aprendizaje ocurren, por una parte, en el contexto mencionado arriba en el cual se ve la formación universitaria como un entrenamiento para el trabajo y, por otra, como fue el caso de los Estados Unidos a finales de los años noventa y comienzos del 2000, en un ambiente de recelo por parte del Gobierno hacia la educación llamada “liberal” y un deseo de pedirle cuentas por las inversiones estatales recibidas.

La educación humanística ciertamente contribuye a aspectos medibles y aplicables en el ámbito profesional, pues las destrezas adquiridas en las áreas de pensamiento crítico —argumentación, análisis, escritura y lectura (para citar algunos)— son claramente trasladables al ámbito laboral. Sin embargo, usualmente quedan por fuera de estas mediciones otras habilidades que proporcionan las humanidades y que son esenciales no solo para el trabajo, sino para la formación del individuo y para su capacidad para vivir en sociedad, así como para enriquecer su experiencia vital, tales como la sensibilidad estética, la capacidad para reconocer y expresar emociones, la capacidad de empatía o la creatividad. Los modelos de evaluación de la enseñanza actuales, que conciben la educación fundamentalmente como una preparación para el trabajo, no parecen tener en cuenta de qué manera la educación humanística puede contribuir a la formación de ciudadanos críticos y comprometidos con su sociedad, como han discutido autores como Edward Said y Martha Nussbaum. Igualmente, la posibilidad de desarrollar la empatía y la comprensión de las emociones propias y ajenas, que también se relacionan con la enseñanza de las humanidades, no reciben la importancia que merecen dentro de los esquemas de medición actuales. Más grave aún, hoy en día no parece haber lugar para una discusión sobre cómo el estudio de las artes y las humanidades, a través de la generación de experiencias concretas con textos y obras de arte, educa y desarrolla la sensibilidad estética y abre la posibilidad de tener experiencias estéticas en el futuro. La capacidad para disfrutar la música, la literatura o el arte —que desde la Antigüedad se concebían como parte de aquello que conforma la “vida buena”— desaparece casi por completo de la discusión cuando la educación es concebida exclusivamente como entrenamiento laboral.

Quienes trabajamos en el campo de la educación superior no podemos conformarnos con verla únicamente como una puerta de entrada al mundo laboral, descuidando una visión más ambiciosa de su alcance: debemos insistir en nuestro deseo de formar individuos completos, con actitudes éticas que les permitan integrarse a la sociedad y habilidades estéticas que les permitan enriquecer su vida personal.

 

 

María Mercedes Andrade

Doctora en Literatura Comparada y Magíster en Filosofía y Literaturas Hispánicas. Es Profesora Asociada en el Departamento de Humanidades y Literatura de la Universidad de los Andes y anteriormente fue Profesora Asociada en el City University of New York. También es editora de Perífrasis, Revista de Literatura, Teoría y Crítica y Vicepresidenta de la Asociación de Colombianistas. Recientemente editó el libro Collecting from the Margins: Material Culture in a Latin American Context (Bucknell UP, 2016), el cual trata el tema del coleccionismo en América Latina, y tiene un blog llamado República de las palabras

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