La ciencia se va de viaje

Por
internacionalización de la ciencia

Esta breve nota, basada en el artículo de mi autoría “Estrategias de internacionalización en los grupos de investigación: un estudio de caso”, publicado en la revista Memorias, trata sobre la ciencia, pero más específicamente sobre sus dimensiones internacionales, o mejor, sus viajes. Parto de reconocer que la ciencia es por naturaleza una actividad internacional. Ahora bien, ¿dónde se puede encontrar lo internacional de la ciencia? Pongamos algunos ejemplos extraídos de entrevistas realizadas a físicos e historiadores durante mi tesis doctoral: “Eduardo, un historiador argentino, viajó a Inglaterra para cursar sus estudios de posgrado y obtener allí su título de doctor”; “Magdalena, una física argentina, publicó su artículo científico sobre láseres en coautoría con colegas británicos, luego de realizar el trabajo de investigación de manera conjunta en un laboratorio de dicho país”; “Investigadores de Argentina y Nueva Zelanda que trabajan en el área de la físico-química ambiental indagan conjuntamente los niveles de emisión de gas metano, un gas de efecto invernadero”.

De esta manera, entre las principales modalidades de participación científica internacional, encontramos: la formación y la especialización de los recursos humanos en universidades y centros de investigación extranjeros, la movilidad de profesores e investigadores hacia laboratorios e institutos de otras latitudes, la realización de proyectos conjuntos de investigación en los que se involucran científicos de distintos países, la participación en redes internacionales de cooperación, la publicación de resultados y avances de investigación en coautoría internacional, entre otros.

Es claro que se intensifica, a medida que pasa el tiempo, la presencia de la internacionalización en la actividad científica. Inmediatamente surge la pregunta de por qué. A continuación, algunos indicios. Por una parte, la colaboración científica internacional ha resultado central para el abordaje de problemas globales y multidisciplinares, como es el caso del cambio climático, tan vigente en los últimos años. Por ejemplo, la Antártida, territorio conocido como “regulador del clima del planeta”, se ha convertido en un gran laboratorio para investigar el cambio climático, recibiendo investigadores de distintas nacionalidades y formaciones disciplinares para el estudio de las consecuencias que ha provocado el calentamiento global en algunas zonas del continente.

Además, el surgimiento y la expansión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC) han fortalecido la colaboración entre investigadores de distintos países y permitido el contacto más frecuente entre ellos, así como el trabajo conjunto a distancia sobre un mismo paquete de datos al utilizar un determinado software (sólo por nombrar algunos de los impactos de las NTIC sobre el trabajo científico y la cooperación científica internacional). Por ejemplo, se encuentra el caso de la utilización de plataformas virtuales para el intercambio científico sobre la investigación planetaria y la construcción de observatorios virtuales para un mayor acceso del público en general a dicha información.

Incluso, el incremento en los costos del equipamiento tecnológico necesario para la producción de conocimientos ha alentado a los gobiernos de distintos países a aunar sus recursos, favoreciendo la realización de investigaciones que cada uno por sí mismo no podría financiar. Tal es el caso de la famosa “máquina de Dios”, nombre por el cual es conocido el Gran Colisionador de Hadrones, ubicado cerca de Ginebra, en la frontera franco-suiza.

A pesar de que, en muchos casos, el viaje entendido como traslado de la persona física de un punto a otro del globo ha sido reemplazado por la comunicación virtual, para los científicos también resulta fundamental el trabajo “cara a cara”, con lo cual siempre están planeando y concretando reuniones y encuentros con colegas extranjeros que implican viajar hacia otros países.

Si bien la ciencia es una actividad de carácter internacional, esta influye sobre la sociedad y la economía del país en el cual se desarrolla. Así, los conocimientos científicos producidos en una nación pueden contribuir a la solución de sus problemáticas centrales, como la desnutrición, la contaminación o una enfermedad determinada. También puede contribuir con el sector privado, al aportar nuevas ideas y tecnologías para que las empresas sean más competitivas en el mercado mundial (Silicon Valley, en California, es el ejemplo más conocido de combinación de empresas tecnológicas, universidades de prestigio y capital de riesgo).

Lo mismo sucede con las actividades internacionales emprendidas por científicos. Se ha comprendido la relevancia de vincularse en las discusiones vigentes en el ámbito internacional, acceder a importantes recursos económicos y equipamientos no disponibles en el contexto local, favorecer la apertura de nuevas líneas de investigación y la formación de recursos humanos, visibilizar el conocimiento producido en el contexto local y acceder a nuevos espacios de publicación. A mediados del siglo XX, por ejemplo, Argentina contó con la primera visita de Ken Creer, un geofísico inglés, miembro del grupo fundador del paleomagnetismo y crítico del “paradigma fijista” que postulaba la inmovilidad de los continentes a través de las eras geológicas. Gracias a su colaboración, se creó el área de Geofísica en la Universidad de Buenos Aires.

Sin embargo, desde una perspectiva crítica, también se advierte que la colaboración internacional puede generar la estipulación exógena de las agendas de investigación y de las metodologías de trabajo, la desconexión de los conocimientos producidos en las redes internacionales respecto de las problemáticas prioritarias nacionales y la fuga de cerebros. Un ejemplo concreto de esto se encuentra en la colaboración internacional en torno de la secuencia genética del parásito Plasmodium vivax, que produce la malaria en los países de América Latina y de Asia. La secuenciación genética de dicho parásito forma parte de un proyecto más amplio sobre biología molecular desarrollado en los países centrales, el cual busca generar conocimientos acerca de la amplia variabilidad genómica que el parásito permite estudiar. Sin embargo, la epidemia de la malaria continúa azotando las zonas más pobres del mundo.

En todo caso, se entiende que la capitalización de los resultados de la colaboración internacional depende en gran medida de la capacidad que un país tenga de: 1) orientar sus actividades de investigación hacia temáticas y problemáticas relevantes para el ámbito local y 2) privilegiar los vínculos internacionales que resulten más respetuosos de los intereses definidos localmente. Estas son dos cuestiones centrales a la hora de pensar en los viajes de la ciencia.

María Paz López

María Paz López es Magíster en Ciencia, Tecnología y Sociedad y trabaja en el Centro de Estudios Interdisciplinarios en Problemáticas Internacionales y Locales (CEIPIL), en Buenos Aires, Argentina. Actualmente se encuentra finalizando su doctorado en el marco de una beca otorgada por el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina. Sus temas de investigación refieren a las dimensiones internacionales de la ciencia así como a las políticas científico-tecnológicas.

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