Educación inclusiva: educación para todos

Por
grupoalegre

Podemos constatar, sin temor a equivocarnos, que la educación actual o se realiza con un planteamiento inclusivo, o no es educación. 

Creo que la afirmación no es gratuita. Veamos: vivimos en sociedades que dicen llamarse democráticas, lo cual implica que respetan las diferencias, las valoran y promueven; requieren de la participación ciudadana para lograr las aportaciones de los talentos individuales al grupo; promueven la igualdad de oportunidades para el conjunto de la población; en definitiva, que necesitan el concurso de cada persona, con sus singularidades, para conseguir una sociedad en la que prime la convivencia en la diversidad como valor dominante.  

Pero eso es algo no muy fácil de alcanzar, salvo que el modelo de educación sea coherente con los valores citados. Cualquier medida que se tome en el sistema educativo tendrá repercusiones (para bien o para mal) en la sociedad presente y futura, como es evidente a lo largo de la historia. Por ello, si las personas diferentes debemos convivir juntas, lo más recomendable es que nos eduquemos juntas. Será la mejor forma de conocernos, respetarnos, valorarnos…, salvando los prejuicios que derivan en desconfianza o infravaloración de todo cuanto ignoramos. La sociedad difícilmente admite lo que no conoce. Será imprescindible, por tanto, conocernos cuanto antes y en las etapas de la vida en las que los prejuicios todavía no existen, como ocurre en la infancia y, en general, durante las edades de la educación obligatoria. 

El modelo de educación inclusiva pretende educar en la misma escuela al conjunto de la población escolar, con sus peculiaridades, ofreciendo respuestas diversificadas para cada una de ellas; es decir, promoviendo un diseño universal para el aprendizaje que lo haga accesible a todos, que permita el aprendizaje de todos. Por lo tanto, la flexibilización del mismo resulta imprescindible, de manera que sea el sistema el que se adapte al alumno y no tenga que ser, como suele ser habitual, el alumno quien se adapte a un sistema, por lo general, bastante rígido. 

Con este planteamiento, esencialmente personalizado, de la educación, resulta obvio que todo el alumnado debe resultar beneficiado, pues se atiende a las particularidades que influirán en su proceso educativo: estilo y ritmo de aprendizaje, motivaciones e intereses personales, capacidad, talento específico, contexto social y cultural, circunstancias transitorias…; en una palabra, se tiene en cuenta la gama de variedades que cada persona presenta como individuo y como ser social durante su educación institucional. 

Evidentemente, no se puede pensar que la educación inclusiva se implementa para beneficiar al alumnado, por ejemplo, con necesidades educativas especiales, pues resultaría injusto que se perjudicara la calidad sistémica general por las circunstancias de un porcentaje pequeño de personas. No. La educación inclusiva deriva en una mejor calidad educativa para todos y, por lo tanto, desde un punto de vista ético, sociológico o psicopedagógico, está absolutamente justificada su generalización como modelo universal. 

En la última obra que he publicado: Educación inclusiva en las aulas (Madrid, Editorial La Muralla, 2017), intento ofrecer bases teóricas y legales suficientes que demuestren la necesidad de crear contextos inclusivos en las escuelas y en las aulas, lugares donde se producen los hechos educativos, aunque su finalidad última sea conseguir una sociedad inclusiva más equitativa para toda la ciudadanía. Los capítulos que componen el libro se dedican a considerar las posibles y múltiples diferencias que se manifiestan en los estudiantes, así como las opciones que pueden tomarse para atenderlas adecuadamente, tanto desde la administración como desde las propias escuelas; igualmente, se abordan algunas de carácter general y otras de carácter especializado en función de esas diferencias. Se trata el diseño universal para el aprendizaje, como medio de hacer llegar las buenas intenciones teóricas a la práctica en el aula, pues será el único modo de que el alumnado se beneficie de este modelo de educación. A continuación, se detallan los distintos elementos curriculares (competencias, objetivos, contenidos, metodología, evaluación), considerando sus características y la forma de implementarlos para que surtan el efecto deseado, contando con los requisitos de autonomía pedagógica que debe disponer la escuela para poder adecuarlos a su población y contexto territorial. 

Se dedican dos capítulos especialmente al tratamiento de la metodología y la evaluación, respectivamente, por entender que son los dos componentes curriculares que más influyen en las posibilidades de flexibilizar el diseño y responder a las peculiaridades de aprendizaje de cada alumno. Su desarrollo es amplio y profundo, ofreciendo variadas propuestas, enfoques y opciones de trabajo, de manera que cada maestra, maestro o profesorado en general tenga a su alcance la elección de la estrategia metodológica que mejor se ajuste a los procesos educativos del aula en cada momento. Lo mismo ocurre con la evaluación que, evidentemente, debe ser continua y de carácter formativo; en ningún caso, consistirá en pruebas puntuales, finales, en las que se decida —injustamente— lo que ha aprendido un estudiante durante un tiempo determinado. Hay que evaluar los procesos para mejorarlos durante su práctica. Así será posible modificar los aspectos necesarios de la programación y ajustarlos a la realidad del grupo. 

La organización, la arquitectura, la supervisión, el conjunto de la comunidad educativa…, todo debe contribuir al logro de una educación inclusiva que mejore la calidad de aprendizaje de la población escolar. La meta se cifra en que, en poco tiempo, no sea preciso poner calificativos a la educación (inclusiva, intercultural…), porque, con la simple denominación de “educación”, todos entendamos que se está produciendo ese proceso de formación integral de la persona, personalizado, que garantiza su incorporación satisfactoria a la sociedad y su autonomía y aceptación personal. En la escuela, todos somos especiales. Por eso, se necesita la educación inclusiva: para responder a la singularidad que la persona posee y ofrece al resto de la sociedad. 

María Antonia Casanova

 Profesora de la Universidad Camilo José Cela, en Madrid (España). Ha sido supervisora de educación y ha desempeñado los puestos de Subdirectora General de Educación Especial y Atención a la Diversidad en el Ministerio de Educación, y Directora General de Promoción Educativa en la Comunidad de Madrid. Correo electrónico: macasanova2011@gmail.com 

CompartirTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Comentarios