Conmemorando un siglo de la reforma agraria y del agua

Por
Conmemorando la Reforma

El pueblo celebró el centenario de la Constitución con teatro, música, danza, vídeos y discursos de autofelicitación. Han pasado cien años, y sigue siendo una de las constituciones más progresistas del mundo. No solo garantizaba derechos civiles y políticos, sino también sociales y económicos, como el derecho a sindicalizarse, un salario mínimo adecuado, pensión de jubilación, igualdad de remuneración entre hombres y mujeres, y licencia de maternidad pagada. Por supuesto, esta celebración no sucedió en 1887 y no tuvo lugar en Estados Unidos. En febrero de 2017, los Estados Unidos Mexicanos (el a menudo olvidado nombre oficial de México) estaban ocupados celebrando su constitución.

Watering the revolutionPodemos admirar lo ambiciosa que fue la Constitución mexicana, pero para la mayoría rural pobre de México en 1917, aún más importante que todo lo anterior fue el derecho a la tierra y el agua, y el deber de conservarlas. De hecho, esa fue la principal razón de ser de la Revolución mexicana de 1910, por la cual cientos de miles de mexicanos derramaron su sangre, así como la culminación de su constitución. La forma en que México otorgó tierras agrícolas y simultáneamente trató de conservar los recursos naturales, principalmente el agua, en la emblemática región de La Laguna, es el tema central de la historia que relato en Watering the Revolution: An Environmental and Technological History of Agrarian Reform in Mexico.

Esta historia cambia nuestra comprensión de la reforma agraria mexicana, la más larga y extensa de América Latina, que distribuyó cerca de la mitad de la tierra cultivable a millones de campesinos entre 1917 y 1992. En apariencia, la meta era la reforma agraria, pero para los campesinos la tierra no valía nada sin el agua. Sin embargo, a diferencia de la tierra, el agua —con toda su fascinante y frustrante fluidez— se rehusó a doblegarse ante los decretos oficiales o a encuadrarse en los trazos de los topógrafos. Aún lo hace, y no solo en México. La controversia reciente en torno al oleoducto Dakota Access (DAPL, por sus siglas en inglés) no muestra otra cosa que la importancia del acceso al agua y las luchas por ella. Mediante protestas masivas, la tribu Sioux de Standing Rock contribuyó a popularizar el lema de que, tanto o más que la tierra, “el agua es vida”. Después de todo, el DAPL no cruza la tierra de los Sioux, pero pasa cerca del río Missouri, del que sí dependen. Curiosamente, gran parte de la política, los conflictos de interés y la corrupción involucrados en la construcción del DAPL se asemejan a la historia de la infraestructura hidráulica construida en nombre de la Revolución mexicana. Aunque todavía hay quienes piensan lo contrario, entonces como ahora los derechos sobre el agua y la tierra no se pueden separar.

Este hecho básico se ilumina si se analiza la historia del manejo del agua desde una perspectiva tecnoambiental. La premisa de esta última es simple: la naturaleza y la tecnología no sólo se afectan mutuamente, sino que se vuelven tan interdependientes que la frontera entre ellas se desvanece. Una presa es el ejemplo obvio: una estructura artificial e invasiva que crea nuevos ecosistemas tanto río arriba como río abajo. En pocas palabras, la perspectiva tecnoambiental nos recuerda que la gente no sólo actúa o reacciona ante la naturaleza, también la recrea.

Manos de Natura, Fresco, Rivera

Las manos de la naturaleza ofreciendo agua, Fresco de 1951, Diego Rivera. Tomada de wikiart.org.

El término tecnoambiental es nuevo en la historia de México, pero no necesariamente lo es para el país. Como expongo en la introducción, el muralista mexicano Diego Rivera tenía una avanzada visión tecnoambiental. A partir de la década de 1920, en muchos de sus murales Rivera plasmó la supuesta armonía entre la humanidad, la naturaleza y la tecnología. Retrató escenas en las que ingenieros, o técnicos, ejecutaban hábilmente la distribución de la tierra e instalaban la infraestructura hidráulica, mientras una nación agradecida los aplaudía.

Por expresar brillantemente una aspiración, los murales de Rivera no reflejaron las complicaciones y conflictos a los que se enfrentaron los mexicanos cuando llevaron a la práctica el mandato constitucional, mismos que se observan con claridad en la región centro-norte de La Laguna irrigada por el Río Nazas, el tema de mi libro. Los habitantes de la región, o laguneros, veneraban al Nazas como su “Nilo” y “padre”, por los ricos sedimentos que llevaba a los campos desde las montañas de Durango. Pero era un patriarca voluble: unos años llevaba apenas un chorrito de agua, a los que podían seguir varios años de flujos torrenciales. Esta irregularidad extrema era una constante fuente de disputas entre los agricultores que dependían del río para su subsistencia. Ya desde la presidencia de Porfirio Díaz (1876-1911), unos cuantos terratenientes privados de agua, entre ellos el futuro presidente Francisco I. Madero, y los funcionarios del gobierno acordaron una solución tecnoambiental: represar el Nazas.

Distribución de tierra, Fresco, Rivera

Distribución de la tierra, Fresco de 1924, Diego Rivera. Tomada de eurocles.com.

La Revolución mexicana, que derrocó a Díaz, transformó el panorama social y político de la región y de la nación, y, con ello, el propósito social de la presa, en especial durante la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Si la finalidad de la presa antes de la Revolución era hacer más equitativa la distribución del agua, después de la Revolución la redistribución del agua debía complementar la redistribución de la tierra. Esto hizo que muchos grandes terratenientes consideraran a la presa un facilitador de la redistribución de la tierra, a lo que se opusieron con vehemencia.

Los latifundistas tenían buenas razones para oponerse a la presa. En 1936, Cárdenas decretó en La Laguna la reforma agraria más grande que había tenido lugar en América Latina hasta ese momento, pero en realidad la presa nunca cumplió la promesa de ser un suministro abundante de agua. Los campesinos se dieron cuenta de que vivir de la tierra era tan difícil después de la reforma agraria como antes de ella, en buena medida a causa de la falta de agua. Entonces, casi literalmente, la lucha se trasladó al subsuelo. Cualquier persona con dinero suficiente para perforar un pozo e instalar una bomba motorizada podía extraer las aguas subterráneas, lo que significó que los agricultores más ricos se beneficiaran desproporcionadamente al momento de enfrentar las sequías. Aunque esto fuera menos polémico, no era menos problemático: en la actualidad, los acuíferos de La Laguna se encuentran entre los más sobreexplotados y contaminados de México.

No obstante, como argumento en mi libro, la verdadera tragedia es que los laguneros y los funcionarios del gobierno sabían lo que estaba pasando y contaban con leyes para enfrentar el problema. Desde que se promulgó la Constitución de 1917, México tuvo la autoridad para regular el agua superficial, y en 1947 el poder para controlar las aguas subterráneas (en contraste, la ley federal estadounidense que regula las aguas subterráneas, principalmente para beber, se aprobó hasta 2006). Pero, a pesar de este poder, el gobierno carecía de la voluntad para hacer cumplir estas leyes y los usuarios del agua se resistían a acatarlas. La gente ignoraba las leyes y reglamentos a pesar de que entendían —en distintos grados— que sólo se estaban haciendo daño a largo plazo. Los campesinos, terratenientes e, incluso, técnicos (o, al menos, su reputación) sufrieron a causa de la negativa colectiva a regular el uso del agua. Cómo y por qué sucedió esto y cuáles fueron sus consecuencias son el tema central de mi historia.

Nota: Agradecemos al autor y a Duke University Press por habernos permitido hacer la traducción al español de la nota original.

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Guardar

Mikael Wolfe

Historiador ambiental dedicado a analizar el agua y las cuestiones climáticas del México moderno y de América Latina. Es licenciado en Estudios del Oeste asiático por Columbia University, magíster en Historia internacional y doctor en Historia latinoamericana por la Universidad de Chicago. Actualmente labora como profesor titular de Historia en Stanford University. Ha publicado numerosos artículos y capítulos de libro sobre el agua y la reforma agraria en México en el siglo XX. El proyecto de su segundo libro se titula Climates of Revolution: A Historical Climatology of the French, Mexican, and Cuban Revolutions, el cual examina las conexiones científicas, culturales y religiosas entre las variables climáticas y la revolución en esas tres sociedades agrarias revolucionarias.

CompartirTweet about this on TwitterShare on FacebookShare on Google+

Comentarios