Con educación, ¿para qué trabajo?

Por
educación para el trabajo

En días pasados, me encontré con un escrito —bastante interesante, por cierto— en el que se planteaba la necesidad de formar a los estudiantes en proyectos empresariales de participación desde los niveles educativos básicos y de hacer finalmente su respectivo asesoramiento y seguimiento en los niveles superiores. Es así que me ha surgido la siguiente reflexión.

El trabajo asalariado —como lo conocimos en décadas pasadas, en el que la fábrica o la empresa eran la principal fuente de empleo y del desarrollo en los territorios— es un fenómeno que está tendiendo a desaparecer a nivel global. Esto no implica que este tipo de trabajo haya desaparecido, sino que los procesos de tecnologización y los mecanismos financieros de la economía reconfiguraron el mapa geopolítico y socioeconómico del trabajo en general y de la educación para el trabajo en particular. Este mapa hace revisar críticamente los trayectos educativos en todos los niveles, con especial énfasis en la educación superior, sobre la formación para el trabajo de autogestión, el asociativismo, el trabajo cooperativo, el trabajo de empresas de participación o empresas de la economía social, según lo plantean Myriam Matray y Jacques Poisat, Howard Richards, Pablo Guerra, Paul Singer, José Luis Coraggio, René Ramírez, Manfred Max Neff, entre muchos otros.

Desde las universidades, estudiantes y profesores debemos estar involucrados en procesos teóricos y prácticos de formación desde el campo de las energías renovables —como en la Universidad Nacional de San Luis, en Argentina—, la medicina comunitaria, la agricultura familiar, las construcciones sustentables o cooperativas de profesionales —como en la Cooperativa de Médicos Veterinarios y Zootecnistas de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la Universidad Cooperativa de Colombia—. Los conocimientos declarativos deberían siempre complementarse con los conocimientos procedimentales y del hacer, desde una visión holística del conocimiento y la totalidad, además de ser plasmados en proyectos colectivos reales que se enmarquen en la economía social y que demanden habilidades para la producción responsable, la distribución equitativa y el consumo ético.

En esto radica la importancia de las iniciativas de autogestión, de las iniciativas emprendedoras, de las empresas de participación, entre otras basadas en la participación y el diálogo que buscan generación de trabajo, beneficios comunitarios, ingresos para sus integrantes y, por consiguiente, el desarrollo de sus territorios.

En este sentido, coincido con las propuestas de los investigadores del artículo en prensa “La iniciativa emprendedora como base para la creación de empresas de participación: un instrumento para la innovación social”, de la revista Cooperativismo & Desarrollo, especialmente en cuanto promueven a nivel estatal la creación de sociedades cooperativas y laborales al organizar redes virtuales como plataforma de profesores en todos los niveles.

Estos instrumentos de la innovación social seguramente requieren nuevos pensamientos, diversos desafíos y aprendizajes transformadores que iremos transitando con avances y retrocesos en los nuevos paradigmas del conocimiento, en los que la participación y la autogestión sean mucho más que conceptos de un programa; sean los componentes necesarios para un mundo más justo, social y solidario.

Claudia Álvarez

Educadora e investigadora. Magíster en Economía Social de la Universidad Nacional de General Sarmiento y doctoranda en Geografía de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina.

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