De rumiantes y regurgitaciones

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De rumiantes

Desde hace ya más de una década, un movimiento internacional ha venido cobrando fuerza en el contexto académico: el acceso abierto. La filosofía del acceso abierto se sustenta en un principio ético: el conocimiento científico se produce no para beneficio de unos pocos —los que pueden pagarlo—, sino que debe difundirse de manera libre, democrática y, ahora, gracias a los desarrollos tecnológicos, masivamente a través de internet, para que cualquier persona interesada en un tema o problemática pueda acceder a una literatura confiable:

Al remover las barreras en el acceso a esta literatura se impulsará la investigación, se enriquecerán los procesos educativos, el rico compartirá su aprendizaje con el pobre y el pobre con el rico, se elevará la utilidad de esa literatura a su punto máximo, y tendremos las bases para unir a la humanidad alrededor de una misma conversación intelectual y de la búsqueda del conocimiento (Budapest Open Access Initiative – BOAI).

Los primeros en asumir la bandera del acceso abierto fueron las revistas científicas. La declaración de Budapest ―que en 2002 hizo un grupo pequeño y variado de universidades, bibliotecas, asociaciones y editoriales― sirvió para formular las orientaciones generales de ese movimiento y concentró sus alcances en la literatura que se evalúa y publica a través de las revistas. Las acciones inmediatas sugeridas en esa declaración apuntaban a dos cosas:1) estimular en los autores el hábito de autoarchivar en repositorios institucionales los artículos publicados en revistas para facilitar su difusión y 2) promover la creación de revistas de acceso abierto que divulgaran libremente sus contenidos. Los efectos del acceso abierto son recíprocos: “Los lectores adquieren la ventaja extraordinaria de poder encontrar y usar literatura relevante, y los autores y sus trabajos se benefician de una visibilidad amplia y medible, y ganan audiencia e impacto” (BOAI). Por supuesto, en eso también ganan las instituciones. Si un autor y su trabajo se dan a conocer, si su artículo o libro adquiere preeminencia y se valora en el medio académico, la institución a la que está adscrito ese autor se lleva parte del reconocimiento.

En América Latina, muchas revistas académicas no sólo adoptaron la publicación en formatos digitales, sino que asumieron como propia esta filosofía. Iniciativas regionales como las de SciELO o Redalyc han permitido que buena parte de los artículos científicos producidos en nuestras universidades y asociaciones académicas circulen, sin restricciones, en internet. Esas bibliotecas digitales y abiertas han logrado que los trabajos que se publican en las revistas regionales se divulguen de una forma mucho más eficiente, pero también han impulsado la formación de nuevas competencias en los equipos editoriales, la adopción de mejores prácticas en el oficio editorial y, en conjunto, han tenido un impacto positivo en la calidad de las publicaciones. En los últimos años, hay estudios que muestran que las revistas con cierta reputación en sus áreas y reportadas en índices de citación (como el famoso JCR), al elegir la publicación de sus contenidos en acceso abierto, experimentan un crecimiento significativo de su citación. La fórmula del acceso abierto, entonces, puede traer beneficios a los proyectos editoriales consolidados: si una revista de cierta reputación publica sus contenidos sin restricciones por pago, más lectores pueden acceder a esos contenidos y, eventualmente, usarlos para fines académicos, pedagógicos, informativos o de investigación.

Aunque las citas pueden ser una forma de medir la recepción que tienen los trabajos en una comunidad disciplinar, producir citas no es en realidad uno de los propósitos del acceso abierto. La citación es parte de lo que podrían ser los efectos naturales de un proyecto editorial abierto y robusto, con la infraestructura, las políticas y las estrategias adecuadas, sin que perdamos de vista que la mayor preocupación de los editores académicos, los autores y las universidades anfitrionas debe estar en los contenidos publicados y en su relevancia, teniendo en cuenta que muchas veces un trabajo académico no responde a las lógicas del mercado, a las presiones institucionales de producción per se (en respuesta a una cifra), ni se debería definir o valorar por indicadores universales de efectividad. Las métricas, a pesar de sus bondades, también entrañan un riesgo. El lenguaje empresarial de los indicadores ha venido colonizado las universidades, sus unidades académicas, de investigación y las editoriales universitarias; los países también han venido formulando y promulgando políticas públicas para medir la productividad académica y, con esto, hay ya una fuerte tendencia a publicar trabajos citables, a tener revistas citables, en fin, a que todo lo hecho produzca algún tipo de cifra que pueda facilitar procesos estandarizados de evaluación (de desempeño de los productos y de sus autores), desplazando la importancia de otros impactos, otros usos u otras formas de valorar esa literatura. Todo esto puede llevar a que los autores pierdan el sentido de publicar y a que los editores conviertan su oficio en una simple técnica al servicio de una eterna regurgitación de conocimiento dentro de un sistema académico que ya no busca transformar ni servir, sino posicionar.

Sin embargo, si en algo estamos de acuerdo con Peter Dougherty, el director editorial de la Universidad de Princeton, es que los textos con los que tratamos en la academia son sumamente valiosos y peculiares: la savia de las editoriales universitarias, de las monografías, de los libros de texto, de las colecciones de libros de investigación, de las revistas académicas son las ideas complejas. Y son esas ideas, cuando se comprenden y asimilan, las que generan grandes transformaciones sociales, culturales, económicas o artísticas.

Asimismo, el asunto del acceso abierto no se detiene en las revistas.

Hace unos tres años, en septiembre del 2012, se emitió una nueva declaración de Budapest (BOAI 10). Esta declaración reafirma los postulados de la primera “campaña”, pero añade algunos retos adicionales: darle más cuerpo y consistencia a las políticas institucionales (y de país) en favor del acceso abierto, valorar sus efectos en los derechos de autor y formular reglas más claras, mejorar la infraestructura tecnológica —principalmente, en lo que tiene que ver con los repositorios institucionales y los protocolos para facilitar el rastreo y localización de los textos— y hacer mucho más sólido y sostenible el movimiento mundial, para que no se pierda su propósito —como en el caso de los depredadores editoriales, que han crecido como cizaña alrededor del acceso abierto, generando ciertas dudas por parte de los autores hacia los proyectos “abiertos”, por sus intereses más comerciales que académicos.

En esa declaración de 2012, una de las recomendaciones más importantes es que el acceso abierto debe colonizar otros formatos de la literatura académica, entre ellos, los libros; lo que equivale a pensar en proyectos editoriales de acceso abierto integrales, que se involucren con más decisión en el movimiento.

Publicar los libros en acceso abierto no necesariamente implica renunciar a la venta de los impresos ni que disminuyan aún más. Poner a disposición gratuita de los lectores el formato digital de un libro podría incluso estimular la venta del impreso, específicamente en el caso de los textos académicos, pues los lectores aún no se sienten del todo cómodos con la lectura en dispositivos. Lo que sí implica el acceso abierto es una reflexión sobre el sentido de publicar en la academia. Las universidades, las instituciones anfitrionas y sus editores deben suscitar esa reflexión y explorar nuevas formas y políticas que garanticen la sostenibilidad de sus editoriales, más allá de los rendimientos financieros. Actualmente, las universidades, en conjunto, invierten cientos de millones de dólares al año en el pago de suscripciones a bases de datos para que sus profesores y estudiantes tengan acceso a una literatura valiosa, pero que es administrada por grandes grupos empresariales y editoriales. Quizá una alternativa esté en aumentar la presión sobre esas empresas para que los costos de acceso a esa literatura sean mucho menores y sus políticas respondan más a las necesidades de la academia. Parte de esos recursos se podrían reorientar hacia las editoriales universitarias con el fin de mejorar su infraestructura, la capacidad de sus equipos editoriales y el alcance de sus proyectos en diversos tipos de colaboración interinstitucional. Tal cambio también implicaría formular unas políticas de país que no menoscaben o estratifiquen la producción académica nacional con respecto a la de otros países, por asuntos prácticos de la administración académica o de metodologías de evaluación que lo que buscan es establecer rankings.

¿Pueden las editoriales universitarias regionales publicar buenos textos, con procesos de evaluación rigurosos, que generen un impacto en sus disciplinas y sean accesibles para los lectores? Sí. ¿Es más relevante un artículo publicado en la revista de un gran grupo editorial o de una revista que esté dentro del canon establecido por esos mismos grupos, que uno editado en una revista regional? No necesariamente. La literatura que producen las editoriales universitarias es valiosa no sólo porque puede en algún punto contribuir al posicionamiento en rankings de las universidades o a su “visibilidad” internacional, sino porque podría servir de base para procesos de innovación, construcción de conocimiento, intercambio, comprensión, discusión y transformación de problemáticas locales y regionales. Y eso tiene mucho sentido en Latinoamérica.

No es asunto de facilitarle la vida a los editores, ni de liberarlos de las presiones presupuestales o del manejo austero de los recursos, sino de comprender que las editoriales universitarias, en principio, no son un negocio y están ahí para prestar un servicio a la academia, a las disciplinas, para convertirse en un repositorio confiable, accesible y por qué no, público, de conocimiento. Lo que hacen las editoriales universitarias es consustancial a los procesos misionales de las instituciones que las amparan (investigación, docencia, extensión e internacionalización) y no es en absoluto incompatible con el acceso abierto.

Por el contrario, el acceso abierto puede contribuir a disminuir la tensión que se produce entre un modelo editorial basado en ventas de títulos (algunas veces difíciles o poco comerciales) y la expectativa de los autores y editores (inherente al acto de publicar) de que sus textos sean consultados, leídos, usados por la mayor cantidad posible de lectores. Si no se logran ventas sobresalientes de muchos títulos y tampoco los lectores pueden conocer sus contenidos por la restricción de un pago, ¿por qué no eliminar esa restricción para los formatos digitales con el propósito de alcanzar a muchos más lectores? Así, se estaría dando un giro hacia el lado de los autores y los lectores, lo que también, en perspectiva, beneficiaría a las instituciones anfitrionas por la posibilidad de que su proyecto editorial y sus contenidos lleguen a un público de lectores muchísimo más amplio.

Necesitamos discutir más, rumiar sobre el acceso abierto, sobre sus posibilidades, su sostenibilidad y su desarrollo en la región mediante proyectos editoriales académicos íntegros. Lo que no podemos hacer es rumiar conocimiento dentro de un sistema que puede terminar nutriendo, únicamente, a un círculo cerrado y autista. Eso sí es inviable.

 


 

 

Manfred Acero Gómez

Literato y Máster en escrituras creativas, es editor universitario desde hace varios años y, actualmente, ocupa el cargo de Director Nacional del Fondo Editorial de la Universidad Cooperativa de Colombia.

Comentarios

  1. Ya learn soimtheng new everyday. Thanks!