Bibliotecas y editores: condenados a entenderse

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Bibliotecas y editores

Una de las paradojas más curiosas, y en el fondo extrañas, de la relación entre la edición y las bibliotecas es la situación de incomprensión en que se encuentran en estos momentos. En un momento donde numerosos mercados están claramente en retroceso ―cuando no en crisis galopante, como es el caso de España―, en el que las editoriales necesitan imperiosamente vender y las bibliotecas necesitan comprar ―sobre todo, en digital―, no acaban de entenderse en lo que sería una relación win to win entre ambas. El problema es que el gran perjudicado de esta anomalía no es otro que el lector.

Las bibliotecas han sido históricamente un canal natural para todas las editoriales; se sobreentendía que era un servicio público que debía ser potenciado y ayudado para la conformación de sociedades democráticas y el acceso a la cultura de las capas más desfavorecidas del tejido social. En el caso de España, el 43% de la población es socio de alguna biblioteca, lo equivalente a unos 20 millones de españoles.

Hasta hace un tiempo las ventas de la industria editorial por este canal eran ciertamente elevadas. Pero la irrupción de lo digital ha desatado un miedo atávico en numerosas editoriales a la hora de comercializar productos digitales en bibliotecas. Las editoriales carecen de modelos definidos de comercialización a bibliotecas y estas, a su vez, no han definido modelos de adquisición claros para el préstamo de este tipo de material, que convenzan realmente a la industria. Esto, por supuesto, conlleva una ralentización en la conformación de un mercado digital potente y estructurado.

Un somero análisis del sector editorial español muestra una caída, entre el 2008 y el 2014, de casi el 32% en su volumen de comercialización; un descenso de cerca de 1000 millones de euros en esos años, que retrotrae a la industria a cifras de mediados los años noventa. En paralelo, y pese a que los descensos presupuestarios para adquisiciones en bibliotecas han llegado a un 60%, la compra digital de las bibliotecas, tanto públicas como universitarias, ha crecido en porcentajes superiores al cien por cien. En muchos casos, estas compras se están produciendo en paquetes de contenidos bajo régimen de suscripción.

Figura de comercio interior

Una situación como la que aquí se describe aboca a editoriales y bibliotecas a alcanzar un acuerdo, al menos a nivel nacional, sobre el préstamo digital. Obliga a las editoriales a definir modelos de comercialización muy diversificados y a las bibliotecas a demandar un modelo de adquisición sostenible a corto, medio y largo plazo. Aquí surge uno de los problemas capitales de esta paradoja: ¿dónde puede ver una biblioteca si un libro está disponible para compra y préstamo y bajo qué características y modalidades de adquisición se comercializa? ¿Perpetuidad, licencias temporales por tiempo, préstamos, concurrencia, no concurrencia? Hasta el momento, no se evidencia en ninguna parte. Surge, por tanto, una posibilidad comercial más que interesante para la propia industria. Poner en el mercado un agregador nacional de contenido para bibliotecas, es decir, una librería para bibliotecas. Si cada país organiza la agregación de contenidos para bibliotecas, el paso siguiente es enlazar estos agregadores entre sí para ofertar el contenido en cualquier parte del mundo. Esta idea está siendo abrazada de manera inicial por pequeños editores independientes, mucho más que por los grandes grupos editoriales. Estos intentan a toda costa una protección desesperada de su negocio actual ―el del papel―, y esta sobreprotección es el finiquito del futuro.

La incorporación de los canales bibliotecarios a la compra digital tendría un efecto altamente positivo sobre el desarrollo de un mercado digital estructurado y de envergadura. De aquí la importancia de alcanzar un acuerdo lo más pronto posible. En un mundo el que los contenidos evolucionan de manera vertiginosa hacia lo digital, es obvio que la industria editorial está obligada a repensar el ecosistema al que este giro disruptivo la conduce. En el comercio actual del libro entre España y América Latina, existe una brecha comercial de indudable calado que genera a los países latinoamericanos una balanza comercial altamente negativa. Pues bien, el comercio digital puede llevar a que esta brecha se reduzca de manera considerable. El comercio entre ambos lados del Atlántico será digital: no viajarán átomos sino bits, y la oferta que se puede poner en manos del lector puede alcanzar proporciones desconocidas hasta ahora. América Latina produjo en el 2013 unos 194.000 títulos, de los cuales un 21% son digitales, y las cifras provisionales de 2014 señalan que la producción ha sido de 188.000 títulos. El problema es que estos libros no se ponen, comercialmente hablando, a disposición del lector en castellano fuera de las fronteras del propio país y, por supuesto, no están a disposición de las bibliotecas. Si a la cifra de producción latinoamericana añadimos la producción de España y Portugal, la cifra se va a 305.000 títulos, con un 23% de producción digital. Este tsunami de contenidos muestra a las claras la necesidad de diseñar ecosistemas de comercialización digital, tanto para la venta al menudeo como para las bibliotecas, de manera que el público lector pueda encontrar aquellos contenidos que le resulten más atractivos y de mayor interés, al margen de fronteras y países, con el idioma como sustrato común a la elección de contenidos.

Si analizamos con concisión la conexión de los usuarios-lectores, observaremos que, con más del 30% de la población mundial usando teléfonos inteligentes a finales del 2015, podemos llegar a pensar que el usuario está permanentemente conectado y en disposición de acceder al conocimiento de manera móvil y ubicua, y esto supone que la biblioteca estará en el celular de su usuario y que la oferta de contenidos de la industria tiene que valorar esta premisa de manera crítica.

Se impone, pues, a mi juicio, sentar las bases de un mercado digital lo más globalizado posible, y para ello es imprescindible sentar a dialogar a editores y bibliotecas. Acuerdos, consensos y diálogo pueden favorecer a la industria y también a las bibliotecas, cuyo papel como instrumento de conformación democrática de las sociedades resulta imprescindible. Los lectores en español lo necesitan y lo esperan.

Manuel Gil

Manuel Gil es magíster en Dirección Comercial y Marketing por el Instituto de Empresa de Madrid. En la actualidad compagina  tareas de consultoría en el sector del libro y actividades como conferenciante y profesor de diferentes maestrías de edición, tanto en España como en Latinoamérica. Es coautor de El nuevo paradigma del sector del libro, Manual de Edición. Guía para editores, autores, correctores y diagramadores, El paradigma digital y sostenible del libro y autor de Prueba, experimenta y aprende: Marketing para librerías, además de ser coeditor de la revista Texturas y dirigir el blog Antinomiaslibros.

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